Para los niños con Trastorno del Espectro Autista, el mar ofrece algo que ningún consultorio puede dar: un espacio sin ruido social, donde el cuerpo encuentra su propio ritmo.
En la orilla, los niños encuentran un lenguaje sin palabras: la textura de la arena, el balanceo de las olas y la temperatura del agua son señales que el cuerpo entiende de forma natural.